La retórica de la austeridad siempre se detiene en las puertas de la Casa de Nariño, donde las alfombras importadas y las cenas gourmet nunca faltan. Mientras los ministros exigen paciencia al país y anuncian reformas tributarias dolorosas, los gastos suntuarios de la corte presidencial siguen disparándose sin control. No se trata solo de la cifra final, sino del profundo desprecio simbólico hacia un país donde millones no logran completar las tres comidas diarias.
La diplomacia del helicóptero
El uso discrecional de los recursos del Estado para viajes personales y comitivas de amigos ya no se molesta en esconderse bajo excusas de seguridad nacional. Los traslados de fin de semana a mansiones de descanso estatales se han convertido en un derecho divino de la nueva oligarquía gobernante. Nos venden la idea de que la representación digna requiere lujos imperiales, cuando lo único que demuestra es una desconexión total con la realidad de la calle.
Exigir el recibo de compra
El escrutinio de la caja menor de la presidencia no es un asunto menor de chismes políticos, sino un ejercicio fundamental de salud democrática. Cada vez que intentan clasificar como reservados los gastos de banquetes y regalos oficiales, nos están arrebatando el derecho a fiscalizar nuestro propio dinero. Seguiremos destapando cada factura inflada y cada contrato de decoración extravagante porque en este platanal la mermelada ya está demasiado espesa.
